El ascensor de cristal del Comité de Defensa es un dispositivo silencioso, un cilindro de luz fría que atraviesa las arterias del edificio con la suavidad de una nota sostenida. Desciende, piso tras piso, y en su superficie pulida, Fékio Scarlatti puede ver su propio reflejo. No es el mismo rostro que recordaba haber visto en el espejo de su apartamento hacía apenas unos meses, antes de que Europa se incendiara. Los pómulos parecen más afilados, la mirada un poco más hundida, marcada por sombras que no desaparecen con el sueño. Hay una madurez en sus ojos que no pertenece a su edad, una dureza nueva forjada en el crisol del combate y la pérdida. Sin embargo, allí, en la soledad esterilizada del ascensor, mientras el zumbido casi inaudible del motor es la única banda sonora, encuentra un breve instante de paz.
Pero la paz, en Nueva Babilonia, siempre tiene una fecha de caducidad. Es una aguja que no se saca de la cabeza, le impide disfrutar los pequeños detalles.
Las puertas se deslizan con un susurro neumático y el aire acondicionado del vestíbulo principal lo golpea en la cara. Da un paso al frente y, al instante, la burbuja de su soledad estalla.
El pasillo es ancho, flanqueado por columnas de mármol y pantallas que proyectan constantemente datos logísticos y propaganda sutil. Normalmente, es un lugar de tránsito rápido, un flujo de uniformes grises y negros moviéndose con propósito. Hoy, sin embargo, hay una electricidad diferente en el aire. Una ligereza. Es la víspera del gran Festival. Y él, Fékio Scarlatti, Magister Minor de la Orquesta de Defensa de Berlín, se ha convertido, muy a su pesar, en una especie de celebridad accidental.
«¡Magister Scarlatti!».
Un joven Afinador, apenas un recluta, se detiene y se cuadra, saludándolo con un entusiasmo que roza lo cómico. «¡Es un honor, señor!».
Fékio asiente, rígido. «Descansen».
«¡Ese fue un gran discurso, Magister!», continúa el chico, incapaz de contenerse, rompiendo el protocolo. «El del hangar, después de volver de Roma. ¡Todavía lo hemos estado comentando en los barracones!».
Fékio siente una punzada aguda en el estómago, una mezcla de vergüenza y resignación. Fuerza una sonrisa que no llega a sus ojos. «Gracias. Solo... dije lo que había que decir».
Sigue caminando, intentando acelerar el paso sin parecer que huye, pero el pasillo parece haberse alargado. Otro grupo de Compositores, veteranos esta vez, se giran a su paso, los mismos que le dieron una mirada de muerte en aquel comedor. Uno de ellos, un hombre corpulento con una cicatriz en la barbilla, le da una palmada en la espalda al pasar, un gesto de camaradería tosca.
«¡Ahí va nuestro poeta!», bromea, riendo. «¡Realmente nos inspiró a todos, chico! 'El juramento es lo que queda'... ¡Maldita sea, casi me haces llorar!».
Fékio siente que sus orejas arden. La sonrisa se vuelve una mueca dolorosa.
«Ese discurso. Ese maldito discurso de mierda. Me perseguirá hasta la tumba», piensa, su monólogo interno un grito ahogado. «Palabras torpes, llenas de un sentimentalismo improvisado, vomitadas en medio del hangar, con el olor a motor quemado y la sangre de Roma aún en nuestras botas. ¿En qué estaba pensando? 'No nos quitaron la música, nos quitaron el juramento...'. Por la Sonata, sonaba como el protagonista de una de esas películas pre-Sonáticas melodramáticas que Weber ve en secreto cuando cree que nadie lo observa. Un héroe de celuloide barato.»
La ironía de la situación le pesa más que su instrumento. Él no quería inspirar a nadie. Solo estaba asustado, cansado y tratando de encontrar una razón para seguir luchando cuando la lógica decía que todo estaba perdido. Y ahora... ahora parece que a todo el mundo le encantó. A los reclutas, a los veteranos, al personal de limpieza. A todos.
Excepto a los que importan.
Su mente rebobina, reproduciendo los recuerdos de las reacciones de su propia unidad.
Brenna. La recuerda apoyada contra su moto, riéndose abiertamente mientras se limpiaba el aceite de las manos. «¿'El juramento'?», había dicho, imitando su voz. «Sonabas como si hubieras leído un manual de autoayuda para héroes trágicos en oferta. Si empiezas a recitar poesía en mitad del combate, juro que te dispararé yo misma».