Su oficina era un monumento al minimalismo caro. Superficies de polímero pulido hasta parecer un espejo líquido, paneles de luz indirecta que no proyectaban sombras, una ausencia total de polvo. No había fotos familiares, no había adornos sentimentales. Solo la pureza de la función.
Y, sin embargo, en el último mes, se había transformado. Las paredes, antes una extensión de su poder administrativo, ahora parecían haberse acercado un par de centímetros. El aire, filtrado a una perfección clínica, tenía un peso que dificultaba la respiración. Ya no era un despacho. Era una celda de máxima seguridad diseñada por un arquitecto de interiores.
Argent estaba sentado tras su escritorio, inmóvil. No estaba revisando informes de logística, ni calculando proyecciones de daños colaterales. Estaba mirando a la nada, sus ojos verdes, normalmente afilados como su Aphon, desenfocados.
Su mente, ese superordenador biológico entrenado desde la cuna para procesar variables complejas sin pestañear, estaba atascada. Un bucle infinito, un error de sintaxis en el código de su propia existencia.
«El cálculo fue correcto», se repetía, por milésima vez. La lógica era inatacable, tan sólida como una demostración geométrica. «Si Freya activaba la purga, el colapso de la infraestructura sónica de Nueva Babilonia era una certeza del 98.4%. Sin la Orquesta, la defensa contra los Oyentes caería. Sin defensa, la sociedad colapsaría. Sin sociedad, la Casa Volker perdería su base de poder. Ergo, detener a Freya, incluso traicionando sus órdenes directas, era el único movimiento óptimo para la preservación a largo plazo del legado familiar.»
Era impecable. Racional. Perfecto.
«Entonces... ¿por qué?»
La pregunta flotaba en el vacío de su conciencia, una nota disonante que su cerebro no podía anular.
¿Por qué se sentía como si le hubieran arrancado la piel? ¿Por qué, a pesar de haber "salvado" a la Orquesta, se sentía como un cadáver caminando?
Había traicionado a su sangre. Su familia no era solo un grupo de personas; era su identidad. Sin la Casa Volker, Argent no era más que un hombre sordo en un mundo de música, un defecto genético con pretensiones. Había cortado la única cuerda que lo sostenía. Y para el Comité de Defensa, para esos idealistas como Elric a los que había salvado... no era un héroe. Era una serpiente. Un oportunista que había vendido a su hermana para salvar su propio cuello.
«Soy un activo sin valor», pensó, y la frialdad de esa conclusión era peor que cualquier insulto. «He optimizado mi posición hasta la irrelevancia absoluta. Un error residual.»
Recordó las miradas en los pasillos durante las últimas semanas. El "exilio interno". Nadie le hablaba directamente si podía evitarlo. Cuando entraba en una sala, las conversaciones se cortaban como si alguien hubiera bajado el interruptor. Los Afinadores de bajo rango se pegaban a las paredes al pasar junto a él, no por respeto, sino con esa aversión instintiva que se tiene hacia algo enfermo o contagioso. Desvío de miradas. Silencios acusadores. El ruido de la desconfianza era ensordecedor, incluso para un hombre sin oído sónico.
Un pitido rompió su trance. Su terminal.
ALERTA PRIORITARIA: RECEPCIÓN DE FLOTA EXPEDICIONARIA.
Suspiró. Un sonido largo y controlado. La obra debía continuar. Tenía un papel que representar: el del Administrador estoico, el hombre de hielo.
Se levantó. Sus movimientos fueron lentos pero precisos. Se colocó su chaqueta de uniforme, abotonándola hasta el cuello. Se ajustó los guantes, tirando de la piel hasta que estuvo perfectamente tensa. Se miró en el reflejo de la ventana oscura. La máscara estaba puesta.
Caminó hacia la puerta. Su mano se posó en el pomo. Por un segundo, dudó. Pero la lógica dictaba avanzar.