“Obertura de Nombres”


El mundo contenido del hangar dejó de respirar.

El único sonido era el silbido decreciente de los motores de las cinco naves de transporte, titanes de acero negro suspendidos a centímetros del suelo sobre cojines de aire. El calor que emanaban distorsionaba el aire, haciendo que las filas de soldados de bienvenida parecieran espejismos en un desierto de hormigón. Entonces, con un estruendo metálico sincronizado que resonó como el primer golpe de un yunque, las cinco compuertas principales se abrieron y golpearon la pista. El eco recorrió la inmensa longitud de la sala y luego murió.

Silencio. Un silencio cargado, expectante, eléctrico. Fékio, anclado en su posición junto a Brenna, sentía el sudor frío bajo su uniforme.

Y entonces, comenzó la música. No con instrumentos, sino con botas.

Para cualquier otro, sería simplemente el sonido de un desembarco militar. Para Fékio Scarlatti, cuyo oído había sido reescrito para percibir la verdad detrás del ruido, era una declaración de principios. Cada Orquesta tenía una firma rítmica, una cadencia colectiva que delataba su alma antes de que se pudiera ver un solo rostro.

Desde la nave central, marcada con un águila bicéfala, surgió un fortissimo marcial y rítmico. No caminaban, marchaban. El sonido era nítido, agresivo, perfecto. CLACK-CLACK-CLACK. Botas pesadas golpeando la rampa de metal en una sincronía perfecta, como un tambor de guerra que anunciaba no solo su llegada, sino su derecho a estar allí. Era el sonido de una disciplina que despreciaba la duda. Fékio vio salir primero un estandarte, seguido por una figura imponente que caminaba como si fuera dueña del suelo que pisaba, seguido por una mujer en una armadura administrativa brillante y un joven de elegancia letal. Era la Orquesta de la capital polaca. El sonido del orgullo y el deber.

A su derecha, la rampa de la nave marcada con un oso heráldico tembló. El sonido que emanaba de allí era un grave retumbante, profundo, tectónico. Los pasos eran lentos, deliberados, separados por pausas pesadas. No marchaban; avanzaban como un glaciar. B O O M... B O O M.... Era el sonido de algo que no puede ser detenido ni apresurado. Fékio vio emerger una silueta gigantesca que bloqueaba la luz de los focos, seguido por una figura maternal e imponente y una pequeña pero amenazante sombra. Era la Orquesta de las estepas ucranianas. El sonido de la tierra inamovible.

Y a la izquierda, el contraste fue tan brusco que causó vértigo. Desde la nave impecable y plateada, no salió ningún sonido. O al menos, ninguno que un oído normal captara. Un pianissimo casi imperceptible. Las figuras se deslizaban por la rampa con una fluidez fantasmal, sus pasos absorbidos por su propia disciplina. No marchaban; fluían. Fékio tuvo que forzar la vista para distinguirlos. Liderados por un hombre que caminaba con los ojos cerrados y una sonrisa plácida, seguido por una mujer con la mirada clínica de un cirujano y un hombre con una sonrisa burlona. Era la Orquesta de la ciudad neutral y la diplomacia. El sonido del silencio calculado.

Detrás de ellos, las otras dos naves descargaron su propia carga de leyendas. Los retornados de Berlín, con una figura estoica al frente y una mujer de presencia etérea. Y el resto de la delegación de Roma, con una mujer cuya mirada parecía perdida en las estrellas completando el cuadro.

Fékio intentó procesar la información visual, pero su cerebro estaba saturado. Empezó a contar. No nombres, sino presencias.

«Cinco. Diez. Quince. Veinte…».

Sus ojos saltaban de una cara desconocida a otra, de un Ars Sonorum legendario a otro extraño y aterrador. Cada uno de ellos era una historia de guerra, un superviviente de la expedición fallida, un maestro de su arte.

«Varsovia ha traído a sus seis mejores. Kiev también. Ginebra… cuento a seis. Berlín… Roma… si nos contamos a nosotros, a los que nos quedamos…»

La escala lo golpeó.

«Treinta. Treinta Magisters de élite en una sola sala. Más los de apoyo táctico. Más los Afinadores veteranos que los acompañan. ¿Cuántos somos en total? ¿Cincuenta? ¿Sesenta?»

Fékio sintió que el aire del hangar se volvía insuficiente. Había leído los informes, había visto las listas, pero verlos a todos juntos, esa masa crítica de poder sónico concentrada en un punto, era aterrador. Si todos decidieran tocar una nota al mismo tiempo, podrían derribar la Noctara. Sus ojos se abrieron más y más con cada nueva figura que descendía.

Se inclinó ligeramente hacia Brenna, sin apartar la vista del desfile de titanes, su voz apenas un susurro estrangulado por el asombro.