“Círculo de Reyes”


La Sala de Guerra del Alto Mando era un lugar donde la luz iba a morir.

Circular, sin ventanas, con paredes revestidas de paneles de obsidiana que absorbían no solo el brillo, sino el sonido, era un espacio diseñado para la gravedad absoluta. No había distracciones. No había confort. La única fuente de iluminación provenía del centro: una mesa holográfica masiva que proyectaba un mapa topográfico tridimensional y estático de las ruinas circundantes a Berlín. La luz azulada bañaba los rostros de los presentes desde abajo, dándoles el aspecto de espectros o dioses jugando con el mundo. No había sillas. Aquí, se esperaba que los líderes permanecieran de pie.

El silencio era denso, físico. No era la quietud de la paz, sino la de una manada de depredadores encerrados en una jaula demasiado pequeña, evaluándose mutuamente antes de que cayera la primera gota de sangre. Se escuchaba el zumbido casi imperceptible de los proyectores holográficos, el crujido ocasional del cuero de un guante, y el ritmo pausado de quince respiraciones controladas.

En una posición central, anclando el flanco de Berlín, estaba Emmerich Falken. El Magister Sonoris estaba inclinado sobre el mapa, su rostro un estudio de ángulos agudos y concentración gélida. Llevaba su característico abrigo largo gris marengo, abotonado con precisión milimétrica, y de su chaleco colgaba la cadena de plata de un fino reloj de bolsillo. No miraba a los demás; los estudiaba a través del reflejo en el mapa, reduciéndolos a variables en una ecuación táctica que solo él podía ver.

A su izquierda, el contraste era absoluto. Weber bostezó, un sonido largo y deliberadamente grosero que rompió la tensión superficial. Se estiró, haciendo crujir su espalda, un recordatorio visible de la carga física. Su actitud decía a gritos que preferiría estar en cualquier trinchera llena de barro antes que en esa sala de reuniones.

Detrás de ellos, inmóvil como una estatua de mármol, estaba Anja Eberhardt. Sus ojos, de un azul pálido, estaban desenfocados. No miraba el mapa. Estaba escuchando. Para alguien con su don, estar en esa habitación debía ser una tortura: una cacofonía insoportable de egos, poderes inmensos y firmas sónicas chocando en silencio. Su rostro mostraba una leve tensión en la mandíbula, como quien soporta una migraña que amenaza con partirle el cráneo.

En el lado opuesto de la mesa, el espacio parecía encogerse ante la presencia del Magister de Kiev. Boris Shevchenko era una montaña de carne y metal. Sus manos, enfundadas en guanteletes acorazados, se abrían y cerraban rítmicamente, como si estuvieran practicando aplastar piedras. Su respiración era un bajo profundo que hacía vibrar sutilmente el suelo bajo los pies de todos.

Boris se inclinó hacia un lado y susurró, aunque su susurro sonó como un trueno distante. «Boris no ve a la pequeña de las explosiones. ¿Dónde está?».

La mujer a su lado, Olga Orlova, ni siquiera giró la cabeza. Mantenía una postura regia y maternal, su corpulencia irradiando una calma inamovible. Le dio un suave codazo en las costillas al gigante. «Natalya se quedó abajo, "jugando" con los demás», respondió en voz baja, con una paciencia infinita. «No te preocupes, mi gigante. Escucharemos si rompe algo demasiado caro. Esta mesa es para los viejos aburridos».

Pero la figura más imponente, la que reclamaba atención con la pura fuerza de su carisma, era el Magister de Varsovia. Kazimir Sobieski estaba de pie, erguido como una columna. Su uniforme, adornado con motivos de alas de húsar, brillaba en la penumbra. Su Ars Sonorum, el gran Estandarte de Guerra, reposaba verticalmente a su lado, como un centinela mudo. Su mirada, noble y desafiante, estaba clavada como una estaca en el líder de Ginebra. No era una mirada de evaluación; era un juicio sumarísimo.

Detrás de él, su lugarteniente, Zofia Rostova, observaba la sala con la misma intensidad crítica. Y más atrás, casi fundidos con las sombras, estaba la pareja más extraña de todas. Anastazie. Una mujer joven con un vestido elegante y un sombrero de ala ancha, de pie junto a... ¿qué era eso? Un ser humanoide, deforme pero extrañamente grácil, parecida a un caballero, con la forma de un instrumento incrustada. Respiraban al unísono, una entidad de dos cuerpos.

En el flanco sur, el trío de Roma formaba su propio microclima de tensión. Enzo Bellini intentaba proyectar una imagen de desenfado, apoyándose casualmente en la mesa, pero la rigidez en sus hombros lo traicionaba. Isabella Sforza estaba a su lado, con una elegancia glacial, examinando su propio reflejo distorsionado en la pared de obsidiana como si fuera lo único digno de su atención. Y la Magister Sonoris de Roma, Caelina Arditi, la mujer de la cruz-órgano, no miraba a nadie. Su cabeza estaba inclinada hacia arriba, sus ojos cerrados, perdida en una conversación silenciosa con estrellas que no podía ver a través de kilómetros de roca y metal.

Y finalmente, el epicentro de la tensión. El flanco de Ginebra.

El Magister Sonoris Lucien Favre estaba de pie con las manos cruzadas a la espalda. Sus ojos estaban cerrados, una leve sonrisa, casi imperceptible, curvaba sus labios. Parecía un hombre disfrutando de una sinfonía privada en medio del caos. Detrás de él, sus dos "herramientas" aguardaban. Claude Haas, con su sonrisa burlona y su extravagante uniforme, miraba a los demás como quien observa animales en un zoológico. Y Hannelore Vogt, con la mirada fría de un halcón, diseccionaba visualmente a cada uno de los presentes, buscando debilidades.

Fue Kazimir quien rompió el silencio. Su voz, un barítono resonante acostumbrado a dar órdenes en medio de la batalla, cortó el aire denso como un sable. No se dirigió a la sala. Se dirigió a Lucien.

«Un largo viaje desde las costas de Asia, banquero», dijo, cada palabra cargada de un desdén apenas velado. «Confío en que tus cálculos hayan previsto que el regreso sería... menos pintoresco de lo que esperabas».

La sonrisa de Lucien se amplió una fracción de milímetro. Sin abrir los ojos, giró la cabeza lentamente en dirección a la voz, como un radar fijando un objetivo.