El globo terráqueo flotaba en el centro de la sala, una joya de luz azul girando lentamente en la oscuridad. Pero la belleza era superficial. Sobre la superficie del océano Pacífico, una mancha roja pulsaba con un ritmo orgánico y enfermizo, extendiendo zarcillos de luz corrupta hacia las costas de Asia. Parecía una infección gangrenosa devorando el mapa.
El silencio en la sala, antes tenso, ahora era absoluto.
Artemis no habló. Con un gesto casi imperceptible de su mano, cedió el turno. Emmerich Falken dio un paso adelante. Su rostro, iluminado por el brillo carmesí de la anomalía, parecía tallado en granito. No había vergüenza en sus ojos, solo la fría aceptación de los datos.
«El informe de la Flota Izanagi es breve», comenzó, su voz resonando con una precisión carente de emoción. «La misión de reconocimiento falló. No pudimos avanzar más allá del Mar de China Oriental. No por falta de fuerza, ni de voluntad. Sino por falta de física aplicable.»
Hizo una pausa, dejando que las palabras se asentaran. «La Sonata en la costa de China se ha... solidificado. Nuestros sensores se volvieron inútiles en cuestión de segundos. Registraban una cacofonía de trillones de firmas sónicas superpuestas, un muro de ruido blanco tan denso que actuaba como materia sólida. Intentamos penetrar con sondas Disson. Fueron desintegradas al contacto.»
Miró a los presentes, su mirada desafiante. «Quiero que esto quede claro. No nos retiramos por miedo, Directora. Nos retiramos porque el Velo del Pacífico ya no es una zona muerta pasiva. Ha despertado. Y estaba cantando una frecuencia que nuestros Supresores no podían filtrar. Continuar hubiera significado la aniquilación de la flota sin obtener un solo dato útil.»
Un golpe seco y violento hizo vibrar la mesa holográfica, distorsionando brevemente la imagen del mundo.
Kazimir Sobieski tenía el puño cerrado sobre la superficie de luz, sus nudillos blancos. Zofia Rostova ya tenía una mano sobre su antebrazo, susurrando una advertencia inaudible, pero el orgullo del húsar era un río desbordado.
«Excusas», gruñó Kazimir, su voz temblando de rabia contenida. «Deberíamos haber cargado. Mi estandarte está diseñado para romper muros, Falken, no para admirarlos desde la distancia. Retirarse sin disparar un solo tiro, sin probar la fuerza del enemigo... deja un sabor a ceniza en la boca que no se quita con explicaciones técnicas.»
Desde las sombras detrás del trono de Varsovia, una figura se movió. Anastazie dio un paso al frente. O mejor dicho, Stazie lo hizo. La criatura simbiótica emitió un sonido gutural, una voz raspada y distorsionada que no le pertenecía, hablando las palabras que Ana proyectaba en su mente.
«Cálmese, Magister», dijo Stazie, su tono una mezcla inquietante de la serenidad de ella y la amenaza de él. «Este no es el momento para el orgullo. La carga ciega contra lo desconocido no es valentía, es desperdicio.»
Lucien Favre soltó una risa suave, casi inaudible.
«El Húsar confunde a menudo la valentía con el suicidio», comentó, con la tranquilidad de quien discute el clima. «Entrar en una zona de anulación conceptual con activos de este valor, sin un solo dato previo de rentabilidad... habría sido una bancarrota estratégica. La retirada fue la única opción rentable, y usted lo sabe.»
«Sus cálculos de cobarde no me interesan, banquero», espetó Kazimir.
Hannelore Vogt se ajustó las gafas con un dedo, consultando su propia tableta. «No son cálculos de cobarde, Señor Sobieski», dijo con frialdad clínica. «Son hechos. Mis análisis preliminares de la densidad sónica del Velo sugerían una tasa de mortalidad del 98.4% en los primeros diez minutos de incursión directa. Los datos respaldan la retirada. La supervivencia de la flota es una victoria estadística.»
Kazimir parecía a punto de desenfundar su estandarte y declarar la guerra allí mismo, pero una voz profunda, como el retumbar de placas tectónicas, interrumpió la disputa.
«El agua está enfadada.»