La antigua Sala de Convenciones del Alto Mando había sido despojada de toda formalidad. Las largas mesas de banquete habían sido arrastradas contra las paredes, creando una vasta arena improvisada llena de murmullos, risas nerviosas y el tintineo de copas de contrabando. Docenas de Compositores de todas las Orquestas se mezclaban en un caos vibrante. La atmósfera tenía una carga eléctrica, esa energía frenética de estudiantes antes de un examen final para el que saben que no han estudiado lo suficiente.
Fékio Scarlatti intentaba mantener una fachada de calma estoica, apoyado en una columna de mármol falso, pero por dentro se sentía como una cuerda de violín a punto de romperse. A su lado, Brenna no compartía su ansiedad. Parecía estar en su elemento, observando la multitud con una sonrisa de depredador que acababa de entrar en una granja de conejos. Argent Volker estaba cerca, de pie en su habitual isla de aislamiento social, su postura rígida como si estuviera esperando un pelotón de fusilamiento.
«Mira eso», dijo Brenna, señalando con la barbilla hacia un grupo ruidoso cerca de la entrada. «La Orquesta de Roma ya está discutiendo y ni siquiera hemos empezado a pegarnos.»
Fékio siguió su mirada. Fiorell Ricci y Luciano Virelli estaban enfrascados en una discusión apasionada, sus manos moviéndose tan rápido que parecían estar dirigiendo una ópera invisible.
«Probablemente están debatiendo sobre la acústica de la sala», murmuró Fékio. «O sobre qué vino combina mejor con una derrota honrosa.»
De repente, su campo de visión se vio bloqueado. Una figura pequeña se había plantado frente a él. No era más alta que una adolescente, pero tenía la presencia de una granada sin anilla. Natalya lo miraba de arriba abajo, sus ojos evaluándolo como quien inspecciona un corte de carne en el mercado para ver si tiene demasiada grasa.
«Oye», dijo ella, su voz ronca y desafiante. «Tú eres el 'metrónomo' del que hablaban en el hangar, ¿verdad? El chico de Berlín que sobrevivió a la Zona Muerta.»
Fékio, intimidado por su aura agresiva, intentó una sonrisa diplomática. «Ah, sí. Encantado. Fékio Scarlatti. Y tú debes ser...»
Natalya resopló, interrumpiéndolo. «Pareces frágil», sentenció, pinchándole el pecho con un dedo que se sentía tan duro como el acero. «Demasiado delgado. No durarás ni dos minutos en el cuerpo a cuerpo contra mi gente.»
El instinto de Fékio fue disculparse. Pero luego, recordó el entrenamiento con Emmerich. Recordó Roma. Enderezó la espalda, cuadró los hombros y dejó que su expresión se endureciera, adoptando el tono oficial y rígido de un Magister de Berlín.
«La resistencia física es solo una variable, Magister Kuznetsova», replicó, su voz firme. «La estrategia dicta el resultado, no la masa muscular. Y le aseguro que mi durabilidad ha sido probada en fuegos más calientes que este.»
Natalya parpadeó, sorprendida. Por un segundo, pareció que iba a golpearlo. Y luego, soltó una carcajada que hizo girar cabezas en toda la sala.
«¡JA!», gritó, dándole una palmada en la espalda tan fuerte que Fékio tuvo que dar un paso adelante para no caerse de bruces. «¡Tienes agallas, hueso sin patas! Así me gusta. Pensé que serías otro niño mimado de la capital. Intenta no morir en los primeros cinco minutos, ¿eh? Sería una lástima.»
Fékio tosió, recuperando el aire y frotándose el omóplato dolorido. Brenna se estaba riendo a carcajadas a su lado.
«Creo que le gustas», se burló ella.
Mientras Fékio recuperaba la compostura, vio movimiento por el rabillo del ojo. En una esquina más oscura, la figura etérea y sonriente de Livia Blanc estaba inclinada sobre Emil Sinclair. Le susurraba algo al oído con una dulzura venenosa. Emil, pálido como un fantasma, asentía frenéticamente, aferrando su estuche de melódica como si fuera un escudo. Fékio sintió un escalofrío. Esperaba que no lo haya convencido de hacer un atentado. Esa chica era peligrosa de una forma que no tenía nada que ver con la fuerza física de Natalya.
El zumbido de conversaciones juveniles murió instantáneamente cuando las puertas laterales se abrieron con un siseo hidráulico pesado.